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Colombia
Politólogo-Investigador de la Universidad Nacional de Colombia. Magister en Relaciones Internacionales con mención en Negociaciones Internacionales y Manejo de Conflictos,Universidad Andina Simón Bolívar.
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martes, 4 de marzo de 2014

ACCIONES EN SEGURIDAD Y DEFENSA FRENTE AL PROBLEMA DEL NARCOTRÁFICO EN BOLIVIA: Pasos para implementar una política pública

Publicado en: Observatorio de Bolivia No. 32, Programa de Fenomenología Política, Centro Argentino de Estudios Internacionales (CAEI), disponible en: http://caei.com.ar/sites/default/files/obervatorio_de_bolivia.pdf 

En la fenomenología política boliviana del trimestre septiembre-noviembre de 2013 los temas de seguridad y defensa tuvieron una presencia especial que demanda una resignificación a la luz de las respuestas institucionales del gobierno de Evo Morales.

A manera de ejemplo, cabe traer a colación dos acontecimientos puntuales: primero, el 28 de septiembre de 2013 se produjo el operativo de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN), en el que se logró la desarticulación de una “narcopoblación” en la localidad de Iruni, provincia Sajama, departamento de Oruro, dedicada casi en su totalidad a la manufactura de la droga; segundo, el 19 de octubre -de acuerdo con declaraciones oficiales, controvertidas por los habitantes- al menos 100 efectivos de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC)  fueron  emboscados por al menos 50 cocaleros en Apolo, “resistencia armada” que dejó oficialmente 4 muertos, 13 heridos de bala y 15 policontusos, según el Ministerio de Gobierno. Esta fenomenología revela que el narcotráfico está emergiendo como un asunto de primer orden para la agenda de seguridad y defensa nacional.

Más allá de que el narcotráfico sea la actividad de producir y comercializar drogas ilícitas, se debe tener en cuenta que este “surge como una actividad productiva y mercantil de carácter internacional y al margen de la legalidad, desarrollada por individuos y organizaciones interesados fundamentalmente en la consecución del lucro personal”[1]. Esto significa que el narcotráfico tiene tres dimensiones fundamentales: el nexo con distintas formas de ilegalidad, lo cual lo convierte en un nicho de criminalidad asociada, afectando la seguridad de la ciudadanía; una proyección internacional, que lo incluye en una agenda regional y hemisférica de seguridad que involucra sobre todo las fronteras y la defensa nacional; y el ser una actividad capitalista muy rentable, ligada a una economía subterránea con alta capacidad de permear y transformar la cultura territorial y sus relaciones de poder. Frente a este problema, examinemos brevemente las acciones adelantadas por el gobierno boliviano durante el trimestre septiembre-noviembre de 2013 en relación a estas tres dimensiones desde la perspectiva de la seguridad y la defensa.

En primer lugar, el nexo del narcotráfico con distintas formas de ilegalidad hace que este se considere un problema de criminalidad con la capacidad suficiente de afectar el conjunto de la seguridad ciudadana. Hechos como la existencia de la “narcopoblación” en la localidad de Iruni, indican que el gobierno no tiene el control de la totalidad del territorio nacional ni el monopolio de la fuerza, y lo que es aún más grave, al parecer, no cuenta con estrategias policiales adecuadas para hacer frente a este tipo de contingencias, razón por la cual se ha empezado a considerar  que las Fuerzas Armadas deben empezar a “colaborar” en tareas de seguridad ciudadana para reforzar a la Policía como lo propuso el diputado de Convergencia Nacional, Tomás Monasterios, al volver a presentar el proyecto de ley “Bolivia Segura”.

Así mismo, aunque aún no se ha identificado una relación entre el narcotráfico y el aumento de pandillas juveniles, la percepción de inseguridad que se está generando, puede convertirse en el caldo de cultivo para lineamientos de política de seguridad ciudadana de corte autoritario y violatorio de los derechos humanos como parecía configurarse en el proyecto “Ley de Lucha contra la Formación y Conformación de Pandillas” que planteaba sancionar a las pandillas juveniles, prohibir la circulación de grupos menores de edad a “altas horas de la noche” y además que los padres de hijos vinculados con grupos delincuenciales no pudieran ser candidatos o acceder a cargos públicos, generando polémica en juristas y en la oposición al ser visto como discriminatorio porque, según expertos en el tema, se estaría violentando la ley contra racismo.

La recomendación en relación al posible impacto del narcotráfico sobre la seguridad ciudadana boliviana es que ésta siga siendo un asunto de discusión democrática y diálogo social, cerrando el paso a vías autoritarias o a la monopolización del tema por parte de agentes especializados de la burocracia estatal. Lo anterior no significa desalentar las iniciativas en la materia, puesto que lo que se necesita es justamente propuestas frente a un problema emergente que exige respuestas efectivas desde la acción ciudadana y policial, desaconsejando la militarización del tema.

En segundo lugar, el narcotráfico tiene una proyección internacional, es un problema que viene de afuera de las fronteras y que por su misma lógica estructural debe ser atendido no solo por acciones a nivel nacional sino también a través de acuerdos de cooperación internacional con países vecinos y con capacidad de financiación de estrategias de control. Según declaraciones del propio Morales, hay deficiencias en la presencia estatal en ciertas fronteras, frente a lo cual anunció que se aumentará la presencia de militares en las mismas, además de asegurar que su Gobierno no aceptará que en Bolivia haya libre cultivo de hoja de coca y que continuarán las tareas de racionalización y erradicación de las plantaciones ilegales.

De igual forma, la dotación en defensa (la compra de 6 helicópteros Superpuma para la lucha antidroga, entre otros), los acuerdos de cooperación para la defensa con países como Bielorusia, el intercambio de información y el emprendimiento de proyectos de capacitación mutua sobre tareas de seguridad ciudadana, lucha contra el narcotráfico y delitos de orden transnacional como se pactó con Uruguay, y la colaboración del Perú con Bolivia para capturar a responsables del atentado cocalero en la frontera, son acciones internacionales que permiten atender el problema desde una perspectiva amplia y eficaz.

En este sentido, se sugiere que el gobierno organice todo este tipo de acciones como parte de una estrategia de defensa nacional contra el problema del narcotráfico[2], manteniendo su propia lectura del problema, la cual dista de la visión hegemónica agenciada por los Estados Unidos. Aquí resulta fundamental mantener el respecto por la cultura ancestral indígena boliviana y recalcar usos alternativos de la hoja de coca como bien lo viene haciendo el presidente Morales, aunque, en la práctica, resulta difícil mantener el control absoluto sobre la producción y el uso de la coca al interior del país, reto que debe ser atendido desde una política pública integral que combine una intervención policial y socio-cultural.

En tercer lugar, el narcotráfico es una actividad capitalista muy rentable, que en casos como los de México y Colombia, han llegado a crear una cultura mafiosa que ha puesto en riesgo las instituciones sociales y políticas[3] así como también ha amenazado la supervivencia de la población. En el caso de Bolivia, las singularidades culturales y sociales, además de su ubicación geográfica, hasta ahora habían impedido que este negocio ilegal se reprodujera con la fuerza con que lo hizo en estos dos países. Sin embargo, Bolivia mantiene una debilidad estatal estructural y déficits de desarrollo a pesar de la mejoría en algunos de los indicadores sociales, situación que soporta problemas de la pobreza, sobre todo en las regiones productoras de hoja de coca en donde economías subterráneas ya han empezado a transformar la cultura territorial y a establecer nuevas relaciones de poder que podrían dar lugar a la organización de bandas narcotraficantes y al arraigamiento de esta práctica ilegal en el territorio boliviano.

De allí que seguir con los propósitos desarrollistas, la apuesta por el desarrollo alternativo, la generación de capacidades institucionales y sociales, la garantía de derechos sociales básicos y en general, el acompañamiento a las comunidades desde una perspectiva de seguridad humana que permita mantener la cultura ancestral boliviana, es vital para impedir que los valores del capitalismo criminal se incorporen en la cultura boliviana.

Todo lo anterior nos lleva a reconocer que el gobierno boliviano ha llevado a cabo un conjunto de acciones en seguridad y defensa frente al problema del narcotráfico en sus dimensiones delictivas vinculadas a la agenda de seguridad ciudadana, el plano internacional en relación a las fronteras y la defensa nacional, y en cuanto actividad económica ilegal desde estrategias de desarrollo alternativo. No obstante, aún no se cuenta con un referente de acción institucional, demostrando improvisación y falta de planeación, carencia que bien podría subsanarse creando una política pública integral de lucha contra el narcotráfico que tenga en cuenta no solo el ámbito de la seguridad y la defensa sino que considere todas las acciones institucionales conexas como pasos para una política pública institucionalizada frente a un problema emergente que demanda ser atendido a tiempo.


[1] García, V. y Pabón, N. “Algunos aspectos teóricos y conceptuales”, en: Vargas, A. (Ed.) El papel de las Fuerzas Armadas en la Política Antidrogas Colombiana 1985-2006, Grupo de Investigación en Seguridad y Defensa, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2008, p. 25.
[2] Al respecto, las “Directrices de planificación de mediano y largo plazo hacia la agenda patriótica 2025” muestran un importante avance de política pública que propone “proteger a la coca originaria y ancestral y luchar contra el narcotráfico”, incluyendo la estrategia Bolivia frente al Narcotráfico, integrada por 14 programas. Disponible en: http://www.planificacion.gob.bo/sites/folders/planificacion/directrices2025/Directrices-age-patriotica-final.pdf
[3] Una alarma frente a esto fue la detención del encargado de la Dirección General de la Hoja de Coca e Industrialización, Luis Cutipa, por denuncias de un supuesto desvío ilegal de más de 35.000 toneladas de la hoja incautada.

martes, 9 de octubre de 2012

LOS DESAFIOS DE LA SEGURIDAD Y LA DEFENSA PARA VENEZUELA EN EL PRÓXIMO PERIODO DE GOBIERNO DE HUGO CHÁVEZ: Críticas y propuestas para una política pública de izquierda



Hacia la medianoche del 7 de octubre de 2012, las redes sociales comenzaron a difundir miles de comentarios sobre los resultados de la histórica jornada electoral venezolana. El triunfo del carismático presidente Hugo Chávez, paladín del internacionalismo socialista latinoamericano, líder único de la revolución bolivariana venezolana durante sus 14 años, suscitó las más variadas valoraciones que van desde la adhesión acrítica, pasando por el apoyo con reservas, hasta el rechazo y desprecio absoluto. Lo único cierto es que el sistema democrático, basado en la voluntad de las mayorías, se pronunció nuevamente declarando la permanencia de Chávez ahora hasta 2019.
Chávez despierta pasiones contradictorias que, muchas veces, no dejan ver los asuntos de la política venezolana y sus relaciones internacionales desde una perspectiva abierta al debate de las ideas. En particular, los retos de la seguridad y la defensa venezolana constituyen un sensible campo de análisis que se puede prestar a lecturas maniqueas, signadas por tendencias ideológicas y apreciaciones subjetivas, cosa que se puede evitar manteniendo una visión crítica y propositiva.
La seguridad pública de Venezuela, entendida aquí como la capacidad estatal de garantizar la vida de sus ciudadanos y unas condiciones mínimas de estabilidad social, es el campo que mayores problemas presenta a pesar de la revolucionaria transformación de los indicadores sociales[1] que refleja un triunfo sin precedentes. La percepción ciudadana de inseguridad[2] es uno de los aspectos más acuciosos para el gobierno, reflejo de la carencia de lo que se podría llamar una “visión de izquierda sobre la seguridad”, planteamiento necesario en cualquier tipo de gobierno para el manejo de toda expresión de ilegalidad que pueda afectar la convivencia y la vida humana.
Así mismo, prospectivamente la estabilidad social puede llegar a verse amenazada por el incremento de la violencia, la injusticia y la impunidad, a través de fenómenos como la delincuencia común, el tráfico de armas y narcóticos, la proliferación de pandillas y crimen organizado, los motines carcelarios, sabotajes a la producción económica… los cuales hacen presencia en la realidad venezolana. Por ello, éstos problemas de seguridad deben recibir una respuesta institucional desde la Guardia Nacional Bolivariana (no militar) desde una perspectiva democrática (con el acompañamiento de la comunidad) y de respeto de los Derechos Humanos (de carácter no represivo), aprovechando los avances en la generación de una cultura política participativa.
Por otra parte, en lo referente al campo de la defensa, pensada como el mantenimiento de los intereses nacionales ante posibles amenazas del exterior, se mantiene la línea de continuidad que encuentra en los Estados Unidos la principal “amenaza externa”, con el correlato del fantasma golpista (enemigo interno), lo cual sustenta una política exterior realista de búsqueda de equilibrio de poder y preparación para enfrentar una guerra asimétrica, a través del mantenimiento de alianzas geoestratégicas con supuestos opositores del imperialismo (vg. Rusia. Iran o China), participación en espacios regionales como el Consejo de Defensa Sudamericano (CDS), el respaldo de los países del ALBA y acuerdos paralelos con otros países de la región. Tal lectura reduccionista de la defensa de la revolución, descuida asuntos como los  fronterizos, cuyo caso emblemático es la frontera colombiana como escenario de movilización de tráficos ilegales y de actores criminales de distinta índole (paramilitares, delincuencia común, guerrillas, contrabandistas, etc.). 
Retomando la idea del antimperialismo como idea central de la defensa, así parezca una actitud paranoica de Chávez, el fortalecimiento y la modernización de las Fuerzas Armadas (en especial la Fuerza Aérea y Fuerza Naval) y la preocupación ante una eventual  invasión, responde a esa percepción de amenaza que deja de lado la apuesta por la definición de un nuevo rol (social) para las fuerzas armadas, bajo un carácter más democrático y menos guerrerista de cara a las nuevas amenazas, perdiendo terreno ante un fortalecimiento sobredimensionado de su poderío, aparejado con una doctrina de bolivarianización y militarización de la sociedad (a través de las milicias territoriales) que de no acompañarse por el debido control civil, puede llegar a autonomizarse en el mediano plazo ante la posible falta (trágica) de un gobierno que cuente con la suficiente legitimidad que le permita administrar un país altamente polarizado.
Y aunque no es objeto de este análisis reflexionar sobre los asuntos sociales, políticos o económicos que Chávez y la revolución bolivariana tendrán que enfrentar en esta nueva etapa, algunos indicadores señalan que de no apropiárselos desde una perspectiva institucional, podrían convertirse en problemas de seguridad. En lo social, si bien hay un inédito triunfo de las misiones y una lucha frontal y directa contra la desigualdad, todavía falta terreno por recorrer  y se padece de una ausencia de políticas públicas bien planificadas y de largo aliento, déficit institucional que constituye una eventual bomba social; en lo político, los resultados electorales mostraron una relativa pérdida de legitimidad en un amplio sector de la sociedad venezolana que bien puede servir para incubar una mayor polarización e ingobernabilidad; y en lo económico, no se demuestra  un giro en la histórica dependencia petrolera (economía monoexportadora)  ni la apertura hacia nuevos sectores productivos básicos, lo cual deja al país expuesto a las variaciones del precio internacional del crudo. Además, debe agregarse que esto no sería solo un problema de seguridad interna sino también de seguridad regional, en especial para los países vecinos y sus aliados regionales.
En conclusión, los desafíos de la seguridad y la defensa para la Venezuela que seguirá siendo gobernada por Hugo Chávez, son precisamente eso: desafíos políticos, retos a asumir o luchas a enfrentar, como parte de la institucionalización de la revolución socialista dentro de una nueva etapa para el inédito proyecto político izquierdista. De su atención desde medidas de política pública dependen dos posibilidades: el continuismo erosionador de la legitimidad del proyecto político chavista o los ajustes y cambios necesarios para institucionalizar las ideas revolucionarias.
Mientras pasa el tiempo que juzgará sus resultados, el panorama asoma con preocupación en el debilitado campo de la seguridad interna, a la vez que la defensa demuestra una firmeza estratégica que descuida la democratización. Así, la Venezuela bolivariana seguirá constituyendo un necesario faro de referencia para el presente y el futuro de la política de la región latinoamericana.  
Alexander Emilio Madrigal Garzón.
Politólogo Investigador


[1] “Según la Cepal, la pobreza pasó de 47 por ciento en 1999 a 27,8 en 2010. Y la pobreza extrema de 21,7 a 10,7. El analfabetismo cayó de 9,1 a 4,9 en 2011, igual que el desempleo y el empleo informal”, en Los retos de Hugo Chávez en su nuevo mandato en Venezuela, El Tiempo, octubre 7 de 2012, disponible en: http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12287767.html
[2] “Las encuestas indican, de manera repetida y constante, que el principal problema en Venezuela es la inseguridad. En el 2011, según cifras oficiales, se registró una tasa de 50 homicidios por cada 100 mil habitantes, equivalente a 14.092 asesinatos. Pero para el Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana de Caracas, ese mismo año hubo unos 19.000 homicidios, lo que elevaría la tasa a 67 casos por cada 100.000. Las dos son cifras que igual ponen a Venezuela como uno de los países más violentos del mundo”, en Los retos de Hugo Chávez en su nuevo mandato en Venezuela, El Tiempo, octubre 7 de 2012, disponible en: http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12287767.html

sábado, 18 de agosto de 2012

NO TODOS LOS JÓVENES SON EL PUNTO NEGRO: Una reflexión para las ONG´s



La labor que realizan las organizaciones sociales en los sectores populares es muy importante y sobre todo necesaria para la generación de oportunidades e iniciativas más aún cuando el gobierno ha privatizado esta función pública.
La población juvenil de los sectores populares es muy variada, una gran masa de jóvenes estudiantes, trabajadores, familias enteras que se han ubicado en un territorio marginal por ser sectores accesibles para algunos estratos sociales, compuesto por personas que buscan su desarrollo social y económico, desplazados obligados por la situación de conflicto y violencia por parte de los diferentes grupos de interés, así como también por habitantes que solo buscan zonas cómodas y de bajo presupuesto para hacer su proyecto de vida.
Estos territorios constituyen un punto de encuentro de culturas regionales, ya que sus habitantes cargan con toda la riqueza cultural haciendo territorios diversos. Así mismo, en el territorio se generan subculturas que demuestran un propio estilo de vida de los jóvenes, definitorio de prácticas y comportamientos no siempre bien vistos ni comprendidos por la sociedad.
En general, vivimos una época en donde se presenta una falta de oportunidades en distintos campos debido a la ausencia de iniciativas por parte del Estado y sus gobernantes, la estigmatización juvenil que como fenómeno social viene de la generalización de hechos sensacionalistas y amarillistas por parte de los medios de comunicación, el problema de autoestima e imagen propia que representa una barrera para lograr la creencia en sí mismo y el encuentro de una identidad, etc.
Y aunque es cierto que sí existe una difícil problemática en algunos de los jóvenes, no es válido que por una parte minoritaria de la población juvenil, se estigmatice todo un territorio. En el territorio existen cientos de apuestas por generar un cambio social, jóvenes con proyectos que se alejan del estereotipo del “joven conflictivo” y que son parte de una imagen que no siempre se ve.   
Las iniciativas de las organizaciones sociales son muy importantes pues suplen necesidades sentidas por la comunidad. Sin embargo, las generalizaciones en que se puede caer frente a los jóvenes, contribuyen a mantener la estigmatización y “vender” la mala imagen representada, negando la riqueza y la diversidad.
Con esto no se pretende juzgar ni señalar, sino solamente dejar una reflexión pertinente para todas aquellas organizaciones sociales que realmente se encuentran comprometidas con el cambio social y no solamente con la consecución de recursos que les permite mantener una forma de vida parasitaria que se alimenta de lo social.

miércoles, 18 de julio de 2012

POLÍTICAS SOCIALES, POPULISMOS Y OPORTUNISTAS EN LA POLÍTICA Y LA SOCIEDAD COLOMBIANA: Problemas de la desigualdad crónica


Colombia, un país ahora declarado como de “ingreso medio alto”, gracias a la temporal bonanza económica latinoamericana, se mantiene como uno de los países más desiguales del mundo[1], lo cual justifica la existencia de políticas sociales como forma de compensación del Estado a los más desfavorecidos del sistema socio-económico. Sin embargo, la desigualdad crónica que adolecen los países de la periferia subdesarrollada o, como dice el sofisma: “en vías de desarrollo” -para que no suena tan grave-, permite que se reproduzcan otras prácticas miasmicas, parasíticas, degeneradas, propias de una sociedad civil y política simplemente enferma.

Suena muy interesante el reciente anuncio de que “el 70 por ciento de la plata que destinará el Estado para inversión el próximo año será para atender el tema social”[2], que se ha roto el record de inversión social y que habrá dineros (en época preelectoral) para tanto desempleado que anda pensando de donde sacar dinero. Ciertamente atractivo se muestra el gobierno nacional de unidad ahora dividida. Repartirán casas, subsidios, bonos… como en un remate de las rentas nacionales. Bueno, tal vez eso es mejor que nada o que la corrupción o que todo el presupuesto se vaya en “gastos de funcionamiento”.

Lamentablemente, las políticas sociales, si bien no son “malas” per se (como piensan algunos que ingenuamente creen en ese capitalismo utópico del libre emprendimiento o aún peor, que los pobres son pobres porque sí), se prestan para prácticas populistas y oportunistas, términos que, valga aclarar, no significan lo mismo. Mientras los populistas (invariablemente de derecha o de izquierda)  son líderes carismáticos que brindan asistencia o apoyo social de forma notable y con fines de legitimación o reconocimiento político, los oportunistas van un poco más allá, pues son parásitos que se alimentan –de tiempo completo-de lo público con fines más mezquinos y miserables.

Estos últimos, los oportunistas (quien se sienta aludido, me excuso por usar tan suaves palabras) habitan en las dos orillas: los que dan, como el político, el funcionario público, el gestor social podrido… que viven de repartir lo que es de todos como una forma de existencia y de mantener un proyecto personal (entiéndase negocio) que se oculta tras un caritativo rostro social; y los otros, los que reciben, los beneficiarios parásitos, las ONG´s caza proyectos, las iglesias… quienes con su mendicidad encuentran en el Estado o es sus fieles su forma de subsistencia.

Antes de que se me diga desconsiderado, resentido o inconsciente, quiero hacer una aclaración. No estoy en contra de las políticas sociales, las defiendo; cualquier persona sensata y conocedora de la realidad social sabe que son necesarias, independientemente de la crítica sobre la forma de funcionamiento y la tergiversación de sus nobles fines, debate que por ahora dejamos sin discutir. No sobra decir que la falta de políticas sociales oportunas y adecuadas a las necesidades sociales ha sido una de las causas del conflicto y de la dolorosa situación que lamentablemente nos es tan cotidiana.

Quiero creer que si la desigualdad crónica que padece el mundo no existiera tampoco serían posibles prácticas oportunistas que se sirven de lo social para sí mismas, contradiciendo la naturaleza colectiva del término.  Tal vez la realidad sea que a una sociedad como la colombiana esto no le importa, que el populismo es la forma como a la gente le gusta la política y que el oportunismo es un valor nacional. Pero hasta que no me convenzan de ello sugiero que pensemos en cómo acabar con el verdadero enemigo (la desigualdad), empezando por no ser parte de la misma degradante cadena.



[1] Según el PNUD en su Informe de Desarrollo Humano 2011, entre 129 Estados de los que se cuenta información, solo hay más desigualdad en Haití y Angola, ocupando el lugar 87 en el índice de desarrollo humano. Al respecto ver: “Colombia solamente supera a Haití y Angola en desigualdad”, en Portafolio, recuperado de: http://www.portafolio.co/economia/colombia-solamente-supera-haiti-y-angola-desigualdad  
[2] Presupuesto de inversión récord: 70% irá para temas sociales, en El Tiempo, recuperado de: http://www.eltiempo.com/politica/monto-para-la-inversion-social-en-colombia_12034362-4

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